La linea de flotación de un iceberg marca el punto a partir del cual se oculta el hielo bajo el mar, siendo imposible determinar la dimensión de la masa que se esconde ni la dirección en la que se expande.
En los 80′ mi madre tenía un Seat 600 azul cielo. Para quien no lo sepa, era un coche minúsculo, un escarabajo, pero a mí me encantaba. Sobre todo cuando volviendo de visitar a mis abuelos en el barrio de Verdum, su pie apretaba a fondo el acelerador montaña abajo hasta que el coche rebotaba y a mí, que iba de copilota, se me levantaba el culo del asiento. Entonces las dos nos reíamos, cómplices de nuestra pequeña maldad. Un espacio compartido de libertad y transgresión que duró hasta que mi padre insistió en llevarlo al desguace, por viejo.
Después vinieron dos Seats más: el Panda y el Ibiza. No creo que con ello mi madre quisiera dar impulso a la industria automovilística española. De hecho, para aquel entonces el Estado ya se había desprendido de la mayoría de acciones de la empresa vendiéndolas a Volswagen.
Sea como sea, lo cierto es que nunca le gustó conducir. En la mayoría de casos lo hacía por necesidad laboral o para visitar a sus padres, como decía antes. Lo que sí le gustaba, y a mí también, era mirar la luna por la ventanilla del coche. Nos asombraba su persistencia a pesar de la velocidad a la que nos movíamos. Parecía imposible dejarla atrás. Corre, acelera, gira. Bien, un tunel. Y al salir, allí estaba de nuevo. Jugábamos a escaparnos aunque en realidad su presencia nos reconfortaba, disfrutando de aquel secuestro, cómo afectadas por el síndrome de Estocolmo.
Sin embargo, a veces, ella, la luna quiero decir, se esconde. Cuando sucede, se apaga el cielo.
En ese estado de negrura lo encontraron en 1912 el par de vigías que, tritando en lo alto del mástil, se
esforzaban por detectar cualquier anomalía en el mar. Seguramente cansados, quizás muertos de sueño, mantenían los párpados abiertos por la responsabilidad y la presión mediática de aquel viaje que conducía a Nueva York. Sin embargo, privados de prismátcos, sus extraordinarios pero limitados ojos solo avistaron el bloque de hielo cuando ya se les tiraba encima sin remedio. Los binoculares habían quedado encerrados en una caja a cal y canto y la llave que la abría, en el bolsillo de David Blair cuando éste desembarcó en Southampton al ser remplazado. Puede que fuera un desafortunado olvido o quizás lo hizo por despecho, pero aquel día, junto al Titanic, murieron más de mil quinientas personas por falta de visión.
Fuimos a ver el estreno de la película a uno de esos antiguos teatros llenos de volutas que se habían reconvertido en cine. Sentadas en unas mullidas butacas que sin nuestro peso se cerraban como un mejillón, esperamos a que se apagaran las luces. Al abrirse el telón apareció una pantalla que no dejó de parpadear durante más de tres horas. El interior de aquel amasijo de hierro se desplegaba exhuberante y saturado, limpio del óxido que lo corroía en las profundidades del Atlántico.
Desde que en 1985 se descubrieran los
restos del Titanic, el mito no había dejado de augmentar. Los trozos habían quedado en algún lugar del fondo marino, no muy lejos de los de otros dos submarinos estadounidenses llenos de energía nuclear. Averiguar el estado de sus reactores y determinar si habían sido torpedeados por misiles soviéticos, motivó suficientemente a la Marina de los EEUU como para desarrollar una tecnología capaz de descender a semejante profundidad. Su descubrimiento, pues, no fue más que un Bonus Track y, sin embargo, ahí estábamos, sumergidas en la historia y llorando la muerte de Jack, mi madre y yo, sin tocarnos y agradecidas por la protección que nos ofrecía la oscuridad de la sala.
se luchaba por tierra, mar, aire e incluso en el vacío del espacio.
Volvimos en metro, en hora punta, cuando es difcil encontrar donde agarrarse.
Fue en ese entorno extremadamente silencioso, donde la NASA llevó la delantera retrasmitiendo el alunizaje del Apollo 11. Durante aquella misión se recogieron 22 kilos de rocas lunares e hicieron varios experimentos, pero lo que dejó una huella imborrable, no solo en la superficie lunar, sino en la retina de todos los telespectadores, fue una bandera yanqui que evidenciaba quién mandaba.
A casa de mis abuelos en Noubarris no llegó el televisor hasta mucho después, tampoco el agua ni el autobús, por lo que se ahorraron aquella secuencia televisiva a no ser que se acercaran al bar de la esquina. De hecho, cuando le pregunto a mi madre por aquel día no sabe decirme si realmente vio la noticia o tiene un recuerdo construido en base a los comentarios de otros. En cualquier caso cree que la luna continúa intacta, como si fuera incapaz de aceptar que su hija ha sido tocada por otros.
Hoy ella, mi madre quiero decir, ya no conduce, pero sigue hipnotizada por la luz de nuestro satélite. Por eso cada noche sale incansablemente a su balcón para fotografiarla y, aunque el resultado nunca hace honor a la magia de su visión primigenia, no desiste. Supongo que el registro le sirve para recordar la verdadera imagen, la inmaterial.
Corto de miras. Se dice de aquel que no ve más allá, que no tiene imaginación ni capacidad para vislumbrar el global de la situación. Una mirada fragmentaria.
