Siempre me ha llamado la atención como las montañas que rodean los núcleos urbanos acogen sus desechos, ya sean psiquiátricos, centros de educación especial, hospitales o nichos. Como si el bulto de tierra fuera resultado de ir cubriendo capas y capas de individuos que incomodan.
En lo alto de la Serralada de Marina, en una tierra que dice ser Badalona pero que bien podría pertenecer al bosque, cuelga Can Ruti. Trece plantas saturadas de dolor, que como si de un retablo medieval se tratara, narran la ascensión.
En la planta baja, la sala de partos. En lo alto, la de cuidados paliativos. Un mirador excepcional para los que rozan la muerte y se debaten entre una caída en picado o la gloria eterna.
En medio la carne y el nudo de la trama.
Es ahí donde hace unos años me abrieron la panza, también donde mi madre pasaba las noches suministrando medicamentos, cambiando vendajes o retirando cuñas. Por aquel entonces yo dormía ajena al mundo en mi habitación mientras mi padre roncaba en la suya, hasta que a las cinco de la madrugada, se producía un relevo que nunca presencié. Él pasaba el día en un polígono industrial sumergiendo las manos en ácido para cromar botones y simular lo que no eran. Durante la cena veía su piel ennegrecida y pelada sosteniendo el tenedor, al tiempo que mi madre salía de nuevo por la puerta.
Ahora vuelvo al mismo edificio y escribo en la séptima, justo a medio camino.
En este caso es Lucas quien duerme conectado al oxígeno después de llorar y pegarme durante horas. Nadie pregunta a un niño de dos años si acepta que le pongan una vía o lo intuben. A mí tampoco. Esa es la jerarquía del retablo. Así pues, cansado de ser manoseado y furioso, se descarga contra mi cara. Y yo, rabiosa pero resignada, pongo la otra mejilla a la espera de que sus pulmones escupan el puñado de mocos que tiene pegados a los bronquios.
Al otro extremo de la ciudad, otro montón de tierra.
Los matorrales de Montjuic camuflan voyeurs, adeptos al cruising, zarzas y la mayor fosa común de Barcelona, una magnitud conseguida a base de rellenar con cuerpos ametrallados y mandíbulas rotas la cantera de la que un siglo antes se habían extraído las piedras más nobles.
Amasijo de pieles desaparecidas y roídas por las ratas.
Aquel vertedero se adecentó en 1985 siguiendo el espíritu de la época: sin remover la tierra. Y, por si acaso, tirando más encima. Y por si acaso, tapándola con una alfombra de césped recién estrenada. Y allí, debajo de aquella explanada aséptica y uniforme, más apta para un pícnic que para el duelo, situada en los límites de un cementerio, ya en los márgenes de la ciudad, se quedaron el polvo, los huesos y la memoria, todo revuelto como un estofado rancio arrinconado en la nevera.
Después del tumulto de una inauguración pensada para la prensa, se impuso de nuevo el silencio, ahora blanqueado. Y entre tanto vacío, una pietà, la única composición escultórica que acompañaba a los muertos. Una representación clásica en donde una madre sostiene a su hijo inerte para mostrarlo a los dioses, al pueblo, a sus asesinos. Cuidadora, receptora, triste y lánguida. Una madre que no toma decisiones ni participa del conflicto. Así nos describen a las mujeres: quietas con los brazos abiertos. A menudo, las piernas también.
Cuando supe que aquella solitaria figura en bronce era una réplica (porque eso es lo que creen que nos merecemos, una versión de los hechos), quise visitar la original y pedí una cita.
- Vengo a ver a La Pietà.
- ¿A quién?
- A La Pietà. Me espera en el jardín.
La cara de desconcierto de la recepcionista del Parlament solo supo señalarme una silla incómoda a propósito, en donde esperé hasta ver aparecer a un joven amarillento. El funcionario me invitó a acompañarle mientras hablaba dubitativamente sobre las razones de aquel remplazo. Por suerte llegamos pronto a la puerta de la Biblioteca.
- Os dejo a solas.
Entonces me acerqué a saludarla con las manos para acariciar su superficie. Hecha de piedra de Ulldecona, imponente y rotunda, llena de la gestualidad del zinzel y la rugosidad de la materia, se consumía por el ácido de la mierda de paloma que la cubría de arriba a abajo. El hombre miraba de reojo nuestro bis a bis, impaciente por que me fuera. Sostuve aquel momento tanto como pude hasta que, sin más remedio, me despedí de aquella mujer prometiéndole al oído que contaría su historia.
