Las aguas del río Bidasoa resiguen la frontera entre el País Vasco y Francia, aunque, como es evidente, el surco existía mucho antes que la división geopolítica. Así que más bien, se usó al río como separación. Un foso en movimiento constante donde viven
las anguilas,
las truchas,
los carrascos espinosos,
los piscardos,
los gobios ibéricos,
las lampreras marinas,
los sábalos,
las platijas europeas,
los mubles,
o el más conocido salmón.
Este en extinción.
Un pez que va a contracorriente, cuya finalidad en la vida es llegar al nacimiento del río para desovar, reproducirse, y que en el Bidasoa no puede porque es imposible sobrepasar las 114 presas que se extienden a lo largo del afluente. Modernas catedrales, como las llamaban en el NO-DO, que retienen y controlan la cantidad de agua que pasa, hasta que desborda o, llegado el final de su vida útil, la presa se quiebra.
Cuando un ser vivo muere en el agua, por lo general, se hunde. Pero a medida que pasa el tiempo, se vuelve a llenar de gases expulsados por las bacterias que todavía lo habitan. Entonces reflota, balanceándose en la superficie a la vista de todos. Me imagino el Bidasoa lleno de salmones flotando y me acuerdo de la única mascota que tuve, un pez. Cuando mi madre lo compró pidió que fuera de los más resistentes, algo fácil de mantener con vida. Al poco de tenerlo, como era costumbre cada año, hicimos unas cortas vacaciones las dos. Viajábamos de noche en tren cama, mecidas por el vaivén y ella mirando por la ventana, apuesto recordando el primer viaje que hizo con ocho años de Cabra de Santo Cristo a Barcelona. A la vuelta el pez flotaba inflado, rodeado de su propia comida. Mi padre se había quedado a cargo del animal y no se tomó ni siquiera la molestia de esconderlo cuando lo vio muerto.
El 15 de diciembre de 1985 también apareció flotando en el río Bidasoa, Mikel Zabala, aún esposado. Según la Guardia Civil había saltado del puente el mismo día que lo detuvieron, en un intento desesperado por escaparse, cuando lo llevaban a reconocer un zulo de ETA. Tres semanas se pasó Mikel hundido en el río sin que
las anguilas,
las truchas,
los carrascos espinosos,
los piscardos,
los gobios ibéricos,
las lampreras marinas,
los sábalos,
las platijas europeas,
los mubles,
o el más conocido salmón, le mordieran.
Un extraño desinterés que llamó la atención de los forenses, haciendo plausible que Mikel muriera ahogado, no en el río, sino en la bañera del cuartel de Intxaurrondo mientras un policía le sumergía la cabeza.
