Durant el taller d'Escriptura Expandida realitzat a Madremanya per Alicia Kopf, va tenir lloc la lectura performativa del text "El día 0".

Ir al médico siempre lo he vivido como quien va al mecánico, como una acción pragmática sobre la que a menudo te estafan. Ya lo dicen: en casa del herrero cuchara de palo.
Como a tantas otras personas, entre ellas mi padre, ver una aguja me provoca un rechazo irremediable en forma de sudor frío en la nuca que me ablanda el cuerpo y nubla la vista. Este miedo hizo que de pequeña fuera mi madre quien me hiciera las extracciones de sangre en casa con una aguja fina que traía del trabajo, especial para niños, que siguió usando hasta mucho después de que yo dejara de ser considerada como tal.
El ritual siempre era el mismo: me extendía en mi cama boca arriba y, mientras ella me retorcía la goma alrededor del brazo para hacer que la vena se inflara, yo miraba al lado opuesto, hacia la superficie blanca de la pared, al vacío. Entonces, sus dedos tanteando el interior del codo anunciaban lo irremediable haciendo que se me cerrara el estómago y abriera la boca simultáneamente. En ese instante entraba en apnea. Así, como si fuera una alucinación a causa de la falta de oxígeno, veía sin mirar la punta de metal hundiéndose en la carne blanda hasta topar con la pared venosa que, tras una ligera resistencia, acababa siendo agujereada. Todo acompañado de un escozor detestable como un aguijón de abeja. Inmóvil y sin aire, me quedaba hasta escuchar el clásico “aprieta aquí, que no te salga un moratón”, que igualmente salía, para recordarme ese momento durante días.
Cuando me quedé embarazada tampoco quería que me pincharan, así que parir en un hospital no era una visión muy reconfortante que digamos. Tampoco tenía el valor de hacerlo en casa y verme rodeada de un charco espeso. Me imaginaba desmayada por el colapso. Por eso intenté acogerme a una anomalía del sistema: las casas de nacimiento. Una cueva en medio de la hostilidad clínica donde la oscuridad te acoge, te deja gritar y te acaricia. Para quien no haya tenido que sopesar esta posibilidad, se trata de una habitación anexa al hospital pero con otras lógicas. Sin prisas. Con una bañera, una cama amplia y varios dispositivos, cuerdas, pelotas y otros, que sirven para dejar que el cuerpo se ponga como más le apetezca. Todo impregnado de una luz tenue y anaranjada. En una esquina, una minicadena donde poner música, la que tú quieras. Hacía días que había grabado una playlist fantástica en un pen drive para hacer que mi mente se entretuviera cantando. Pero nunca llegué a conectarlo.
Fueron 36 horas de dolor. Nada de esa cosa mágica, de esa fuerza que sale de un lugar recóndito, de sentirme una leona. No. Yo sentía que me moría y punto. Había empezado de madrugada, despertándome de un sueño que hacía meses que ya era muy ligero, y forzándome a acostarme a cuatro patas sobre una almohada. No hubo tregua. Los pinchazos incrementaron enseguida y ya desde el principio me daba pánico imaginar la contracción que me golpeaba y rompía la cadera cada dos minutos, durando lo que para mí era una eternidad. Ni la ducha de agua caliente, ni la pelota de pilates, ni el aparato de pequeñas descargas que me había comprado unas semanas antes para ponerme en los riñones. Nada conseguía hacer menguar el sufrimiento. Sin embargo, de aquel momento hay un par de fotos en el álbum, las dos sonriendo. No sé ni como pude fngir esa mueca, pero ahí está.
A pesar de todo el tempo, la energía y el sudor, los gritos y las lágrimas, mi cuerpo decidió no abrirse ni un solo centímetro hasta el punto que creí implosionar irremediablemente. Para entonces ya había hecho el trayecto de mi casa al hospital en coche tres veces, convencida de estar preparada para el último esfuerzo. Llegaba a la habitación y me tumbaba, entregada a ser tocada, afortunadamente con cariño, con el deseo, y la necesidad, de saber que había un cambio. Entonces, podía ver la respuesta en los ojos de las comadronas, en los micro gestos de sus labios y mejillas mientras movían los dedos de un lado a otro de mi vagina. Instantáneamente senta el picor en la garganta, ese calambre en el interior de la boca de cuanto contenes el llanto.
Vuelve en un rato me decían.
Y, sin embargo, a la tercera me quedé.
Seguía sin dilatar pero no tenía más fuerzas. Estaba de pie y desnuda de mitad de la cintura hacia abajo. Con la barriga tensa como una vela al viento, los tobillos del doble de su tamaño y la mano roja y chafada calentando la barandilla de aluminio mientras el dolor me doblaba hacia adelante. Nunca he gritado así, ni antes ni después, no por falta de ganas. Y como para darme una excusa y obligarme a tomar una decisión que dentro mío ya era firme, me vi, finalmente, rodeada de un líquido, no espeso, pero sí marrón. Lucas se había cagado dentro mío para avisarme de que él también estaba agotado y tenía el corazón al límite.
En ese estado de ruina firmé unos papeles en los que aceptaba abandonar mi madriguera y pasar al otro lado. Literalmente. Dos mundos antagónicos separados por una escuálida pared de pladur. Hacía horas que ya me sentía una foja, pero al cruzar aquella puerta contgua me quebré. Perdí todo el control, convirtiéndome en una masa a la deriva, un cuerpo invadido, que era tocado, pinchado, atado, hasta que sin más preámbulos decidieron dormirme y cortar.
Fue todo tan frenético y confuso y sin embargo conservo tantos detalles.
La bofetada de luz blanca que se abalanzó sobre mí nada más entrar; el grupo de enfermeras reunidas en la puerta a las que resultó indiferente mi estado de desesperación, excepto alguna mirada de reojo que volvía rápidamente para no perder el hilo de una conversación que las hacía reír; una cama como otra en un box de hospital como otro con las sábanas ásperas; un sistema de monitorage precario que debía sostener yo misma contra el abdomen y que se separaba inevitablemente cada vez que mi cuerpo se contraía, perdiendo así la señal del corazón de mi hijo; nombres y caras de mujer, demasiadas, siempre diferentes.
El anestesista. Un chico joven, moreno con barba corta y descuidada, vestido de verde, en el quicio de la puerta de la habitación, hablando por el móvil lo suficientemente alto como para escuchar la conversación: estoy exhausto, llevo más de veinticuatro horas trabajando. Alguna cosa más debió decir.
Cuelga y entra.
Sin verle la cara me da instrucciones desde la espalda insistiendo sobretodo en que no me moviera, que era muy peligroso. Parecía una broma de mal gusto. El tanteo de sus dedos por mi columna y ese escozor detestable de nuevo. Pero esta vez no pude imaginar nada, mis músculos tensos luchaban por impulsar el cuerpo en la dirección contraria a la que la contracción me llevaba para evitar que aquella aguja me dejara paralítica.
Hecho. Se va.
Veinticinco minutos esperando a que la anestesia hiciera efecto y aquel tormento fuera a menos pero iba a más. Las enfermeras me miraban desde el pasillo con cara de incredulidad haciéndome sentir vergüenza, una blanda, una exagerada. Un monstruo al que nadie quería acercarse. Un problema.
Hasta que volvió el anestesista, el mismo. Al verle el horror se dibujo en mi rostro pero no pude quejarme, no encontraba los argumentos, ni la alternativa. Estaba vendida. Entonces el mismo ritual pero sin instrucciones, ya no hacían falta. Otra dosis. Hecho. Se va.
Pero se queda, ahí, de nuevo, en el borde de la habitación, en un gesto entre lo cómico y lo sádico, casi hecho a propósito como para hacerme saber algo que querían ocultarme. Un topo. Coge el móvil y habla: le acabo de poner una epidural a una mujer que está para cesárea. Al principio no conecté las informaciones, no podía ni imaginar que hablaba de mi. Lo supe cinco minutos después cuando otra enfermera, con un porte más severo, se me plantó delante, en contrapicado, para decirme que no había tempo. Solo entendí que me llevaban al quirófano, el resto de sus palabras quedaron silenciadas. Confiaba en los oídos de Gabriel que todavía me acompañaba. No sé cuando también le perdí a él. Entonces solo recuerdo que la cama se empezó a mover y de repente apareció una mujer de la nada, otra, que se desplazaba sonriente al mismo ritmo que yo. Tuve la sensación de que ella también iba sobre ruedas, adherida a la camilla. Me intentaba calmar, como si fuera una niña. Fue ella quien me pidió que contara hasta diez mientras se me acercaba una mascarilla. Tres luces blancas como tres lunas. Fundido a negro.
Esas tres lunas ya las había visto unos años antes, eran un mal augurio.
No sentí nada, al menos que yo recuerde. Las enfermeras, sin embargo, dijeron que mi cuerpo se retorcía, resistiéndome a dormir. Que por eso me habían introducido un tubo en la garganta, para que me quedara quieta, sedada. Fueron ellas quienes me contaron que a Lucas le había costado respirar cuando lo sacaron por la grieta y que por eso lo habían metido en una caja de vidrio tres plantas más arriba. Me da vergüenza admitirlo pero cuando me levanté, en otra escena junto a Gabriel, no sentí que me faltara nada. No eché de menos a Lucas. Al fin y al cabo aún no lo conocía y yo necesito tempo para generar el afecto. Al contrario, estaba agradecida de que aquel dolor hubiera desaparecido, todavía no era consciente de que dentro se estaba forjando otro aún peor, para el cual aún no encuentro un nombre.
