Implosionar es romperse hacia adentro. Cuando una estrella agota su combustible, estalla, pero si su fuerza gravitacional es suficientemente grande, comprimirá todo el material a un punto de volumen cero y densidad infinita conformando un agujero negro.
Lucas tardó en nacer 36 horas. Horas de dolor. Nada de esa cosa mágica, de esa fuerza que sale de un lugar recóndito, de sentirme una leona. No. Yo sentía que me moría y punto. Me daba pánico imaginar la contracción que me venía cada dos minutos y duraba, para mí, una eternidad.
Ir al médico siempre lo he vivido como quien va al mecánico: no hay emociones, solo una acción pragmática sobre la que a menudo te estafan. Así que parir en un hospital no era una visión muy reconfortante. Por eso intenté acogerme a una anomalía del sistema: las casas de nacimiento. Una cueva en medio de la hostilidad clínica donde la oscuridad te acoge, te deja gritar y te acaricia. Pero mi cuerpo decidió no abrirse ni un solo centímetro. Llegó un momento en el que creía implosionar irremediablemente. Entonces perdí el control. Me convertí en una masa a la deriva que era tocada, pinchada, atada, hasta que sin más preámbulos decidieron dormirme y cortar. No sentí nada, al menos que yo recuerde. Las enfermeras, sin embargo, dijeron que mi cuerpo se retorcía, resistiéndome a dormir. Que por eso me habían introducido un tubo en la garganta, para que me quedara quieta. Fueron ellas quienes me contaron que a Lucas le había costado respirar, por lo que le metieron en una caja de vidrio tres plantas más arriba. Y allí, en el sótano, me quedé sin verlo, hasta diez horas después de despertarme.
En 1985, mi madre no pudo acogerse a nada, tampoco a la ley del aborto, aprobada meses después de que yo naciera. De haber podido, quizás hubiera decidido no tenerme, y como ella, tantas. Madres a contrapelo que sufrieron las consecuencias físicas y mentales de unas decisiones impuestas y que esa escuálida ley tampoco evitó. Porque te tenían que violar, y poder demostrarlo, o estar deprimida, y poder demostrarlo. Así que, mientras tanto, solo le quedaba seguir allí, en la Clínica Sant Jordi, donde trabajaba como enfermera, cuidando a otros y no a sus piernas, sus brazos y su espalda que tanto iba a necesitar, hasta que, en la madrugada del 8 de abril ya no pudo contenerme más y la ataron, también a ella.
Anestesia. La anestesia general busca provocar un estado de inconsciencia mediante la administración de fármacos hipnóticos que producen cierto grado de amnesia, pérdida de memoria.
