Mi madre se jubiló a los 63 años con las articulaciones destrozadas después de pasar más de tres décadas moviendo cuerpos a pulso en un hospital.
Estudió ya de mayor mientras trabajaba como auxiliar en la clínica Sant Jordi, haciendo un esfuerzo extraordinario. Así se sacó el bachillerato nocturno junto a mi padre y luego cursó enfermería. Una profesión que fue cobrando categoría a lo largo del siglo XX, en parte gracias a la promoción que María Eugenia, la esposa del rey Alfonso XIII, hizo del gremio. Puede que este acto filantrópico le sirviera cómo entretenimiento para romper el astío de una vida insulsa; o para compensar algún sentimiento de culpa; o para lavar su imagen y distraer a la opinión pública; o sintiera que debía retornar a la sociedad española una pizca de la fortuna que estaba recaudando a su costa.
O quizás simplemente escondiera un profundo miedo a la muerte. No a la suya, si no a la de los suyos.
Eugenia había llegado al trono a regañadientes de muchos. De su abuela, la reina de Inglaterra, había heredado una sangre tan compleja e impura como el azul prusia. La hemofilia, una deficiencia en el plasma sanguineo, se había expandido por varias familias aristócratas europeas, valiéndole el sobrenombre de «la enfermedad de los reyes». Inofensiva para las mujeres que la portan como letal en los hombres, quienes ante la menor herida se desangran sin remedio.
Así sucedió con sus dos hijos mayores, herederos a la corona.
Si bien, tampoco hubo cargo que traspasar.
Llegada la Segunda República escaparon de noche, atracando en los principales puertos del Mediterráneo, en un exilio más parecido a un crucero que a una travesía en patera. Hasta que una vez en Roma, sin compromisos ni obligaciones, cada uno siguió su camino.
Desde entonces, María Eugenia solo regresó a España en 1968 como madrina para el bautizo de su bisnieto Felipe. Aquel bebé hoy es rey, quién sabe si gracias a la breve cita que, la una vez reina, tuvo con Franco ese mismo día. Si pudo llegar a convencer a su suegra para aceptarla en la corte a pesar de su mala prensa, porque no confiar en sus capacidades sugestivas a la hora de presionar al anciano dictador, no por ello más condescendiente, en la elección de su sucesor.
Me imagino a aquella mujer de ochenta años, aún firme, sentada en la habitación para invitados de la Zarzuela sosteniendo una delicada taza de porcelana llena de té y mordisqueando alguna galleta de mantequilla mientras su cigarrillo se consumía apoyado en el cenicero de la mesita de al lado. Así, con la boca llena y el aliento a tabaco, instigando a Francisco para que se decidiera. Recordándole que incluso aquellos que se creen por encima del bien y el mal mueren y más valía tenerlo todo zanjado de antemano. En quince minutos le hablaría de su soporte al régimen, de cómo ya en otros momentos de la historia del país la monarquía había ayudado a cohesionar al pueblo, de la valua de su hijo, de eso y de su pasión por el gazpacho.
Poco después el caudillo anunció a Juan Carlos I, el padre del ahijado, y no al hijo de Maria Eugenia, como futuro rey. Y así, sin ser exactamente lo que ella hubiera deseado pero suficientemente satisfactorio para sus intereses, fue cómo nos la volvieron a colar.
La siguiente vez que Eugenia volvió a España fue en 1985, embalsamada dentro de un ataúd de nogal, 16 años después de morir. Le habían extraído toda aquella sangre sucia que la caracterizaba para rellenarla con una mezcla de formol, agua, productos químicos, conservantes, fijadores, germicidas y colorantes que la dejaron en un estado de perpetuidad. Su nieto, ahora rey, había reclamado el cuerpo y pedido que lo enterraran junto al resto de monarcas. Pero, curiosamente así, intacta como estaba, no cabía en el sarcófago del Panteón del Escorial. Si quería reunirse con los suyos debía morir de nuevo, algo que, por otra parte, era solo una necesidad de los vivos. Fueron estos quienes la dejaron en el Pudridero Real unas décadas más. Un búnquer con función de purgatorio, donde se quedó tapiada para reducirse, quebrarse y perder todo el agua que su cuerpo aún contenía. Rodeada de cal viva.
Mi madre no tendrá ese problema. Siempre me repite que cuando se muera done su cuerpo a la ciencia, incluso tiene un carnet que así lo acredita. No quiere saber nada de cajas, ni de llamas. No quiere molestar ni ocupar lugar. Que la descuarticen y la estudien lo que puedan porque sabe que entonces ya no podrá volver a reunirse con nadie. Y yo, pues plantaré un olivo, porque es su árbol favorito, el que llenaba los campos de su tierra natal.
Aunque tampoco tengo dónde ponerlo.
